Crónica de la presentación de La prisión de los espejos en el Museo Casa de los Tiros
Fotografías de Cristina Monteoliva y Ediciones Baile del Sol.
El autor del texto se halla en paradero desconocido.

José Manuel García Marín revisa el texto; estaba convencido hasta ese momento de que el autor que presentaría sería otro, pero ya era demasiado tarde para huir del acto.
Ángeles Alonso advertía la peligrosa situación que se nos venía encima.
Yo la miraba a ella (desde recién nacido me ocurre que las pupilas se me huyen hacia las mujeres).
José Vicente Pascual, hombre beato donde los haya, rezaba las dos últimas versiones del Padrenuestro.

Me habían robado la chaqueta.
José Manuel García Marín disculpa al ladrón, pues comprende que un lector engañado tiene tendencias a delinquir.
Ángeles Alonso cruza brazos y piernas para que a ella, por ser la editora, no le sustraigan parte de la vestimenta.
José Vicente Pascual calcula cuánto puede pesar el libro, a fin de decidir si merecía la pena venderlo en un centro de reciclaje o sería mejor arrojarlo a una papelera.

Llega el único asistente al acto. Le sonrío en prueba de agradecimiento.

El librero presente en el acto se esconde fuera de la sala, detrás de los pocos ejemplares que le quedaban de La prisión de los espejos. El resto ya lo había vendido a un grupo de japoneses que visitaba el museo. Les hizo creer que era una guía turística.

La editora y yo nos quedamos pasmados cuando el único asistente decide abandonar la sala. Antes de irse, gritó unas pocas palabras en japonés. Estaba muy enfadado, o era de una parte de Japón en donde se mire con cara de mala leche.

Me traen la traducción de las palabras que había gritado el nipón. La editora y yo sonreímos aliviados, al saber que sólo perseguía al librero.

Grupo de personas que hacían cola –hasta un par de metros más allá de la sala- en espera de que se les devolviese lo que habían pagado por el libro, después de leer los primeros capítulos. El editor me ha aconsejado que diga que hacían cola para la firma de los ejemplares que habían comprado. Es muy fácil dar ese consejo si los primeros compradores engañados viven a más de mil kilómetros.

Este individuo y yo nos miramos a los ojos de manera desafiante. Él insistía en que le devolviese lo que había pagado por el libro, pero no me quedaba ni un céntimo.

El sujeto de antes me había amenazado con castrarme, si no le devolvía su dinero. No pudiendo hacerlo en ese momento, le firmé un compromiso de pago en los próximos diez días. Obviamente, la firma era falsa.

Desde uno de estos balcones fue arrojado el librero por tres de los japoneses agraviados. No sufran ustedes: encomendó su alma a Dios momentos antes y juró no volver a vender mi novela ni en el infierno.
Este es el único lector que no ha presentado queja alguna sobre la novela. No sea nadie mal pensado: aunque pudiera parecer otra cosa, les aseguro que está vivo, pero es poco fotogénico.
Esta última fotografía no pertenece a Cristina Monteoliva ni a Baile del Sol. Tanto la señora Monteoliva como los miembros de dicha Editorial han dejado de hablarme.
Islas Paplinginas, o no, 11 de abril de 2010