Papa Noel estuvo de putas la noche antes de comprar los regalos en el Carrefour

Rafael Martín Masot

Antoine de Saint-Exupéry escribió que “lo esencial es invisible para los ojos”.

Quiero creer que hay gentes para quienes no siempre es así.

 

¡Feliz Navidad!

                                                               Granada, 20 de diciembre de 2009

Políticos de guardería

Rafael Martín Masot


Gran parte de la realidad es tan diversa como quienes la contemplan, sería tan lamentable como imposible que fuese de otra manera. Sin embargo, hay determinados cosas concretas que son o no son, no admiten más margen de subjetividad que el que pudiera conceder el sinfín de matices con el que las personas razonamos. Josep Lluís Carod Rovira afirma que se llama Josep Lluís aquí y en La China. Cierto. Llamarle José Luis es españolizar un nombre por pereza, desconocimiento o ganas de hacer la puñeta. No me imagino yo a nadie hablando de las obras de Guillermo Shakespeare ni de la última película de Sharon Piedra.

Algún listo (los hay en todas partes, aunque ejerzan de necios cuando se obcecan) habrá deducido ya qué pretendo contar en estos renglones y su cerebro le habrá mascullado que a la reina de Inglaterra, de United Kingdom of Great Britain and Northem Ireland o de donde como se diga y escriba le llamamos Isabel II, y no Elizabeth Alexandra Mary, y que a su hijo, ese que no cumple con el estereotipo de los príncipes de cuentos de hadas y que optó por la de cara de bruja antes que por Blancanieves (dichosa ella al buscar los siete enanitos tras el desplante), le conozcamos como Carlos, a pesar de que se llama Charles... Aquí y en La China. No se confundan: madre e hijo tan ilustres son monárquicos en tanto que el señor Carod es republicano. Historia diferente sería la de un primo de mi padre, Jorge Pérez Martín. Emigró a Barcelona, es culé y creo que por aquellos lugares se le conoce, y él está encantado, como Jordi. Pero, claro, ocurre que mi pariente no es un político famoso y es posible que ahora esté veraneando en la Costa Brava, sin intención alguna de viajar a La China para aprender un montón de cuentos chinos.

Algún necio (los hay en todas partes y siempre tienen la congruencia de ejercer de necios) creerá ahora que tengo intención de criticar solapadamente al señor Carod. Se equivoca. Si le he mencionado es porque la polémica que hubo sobre cómo se llama don Josep Lluís me parece lícita en los mundos de la política, y he querido valerme de la aparente anécdota para contraponerla a otras situaciones indefendibles. Algo concreto, insisto, puede ser visto desde distintas perspectivas –incluso con mala fe- sin que llegue a convertirse en una gran mentira. Lo que no resulta ético ni debería ser tolerado por los ciudadanos de a pie es que los políticos que nos gobiernan nos digan que lo blanco es negro y que lo negro es blanco cuando sus intereses lo aconsejan.

Hace años, quizás siempre en este país sin nombre, que estamos acostumbrados a que el político de turno nos diga algo que, de inmediato, es negado por otro de otro partido. Hablemos de la última lindeza, el último gran “debate político” en el que andan enzarzados los miembros del Partido socialista obrero español (que no acabo yo de ver eso de “obrero” en las pintas que tienen, excepto cuando se aproximan las elecciones y se destrajean en los pueblos y besan a las señoras en los mercados) y los del Partido popular (que no acabo de entender por qué no ganan todas las elecciones si son tan populares... es posible que el adjetivo se refiera a que forman parte del pueblo y de ahí que Rajoy acuda a los chiringuitos de playa. “Mariano, madruga mañana, coge las hamacas y la sombrilla y ponlas en primera línea de playa antes de que no haya sitio”... No, tampoco lo acabo de ver claro). El gran asunto en el que en estos tiempos de crisis están de calentarse la cabeza y soltar la lengua los dirigentes de los dos mayores partidos políticos de este país sin nombre es si el Gobierno espía o no a los “populares”. Unos afirman y otros niegan: esto es lo importante. Una realidad que no admite matices, opiniones ni formas contradictorias de ser vista y explicada no puede ser blanco y negro a un mismo tiempo. Alguien nos está mintiendo. Me da igual que sean los unos o los otros, los ciudadanos no debemos tolerar que nos mientan los políticos. La política debe ser el camino para que las ideas se confronten y se intente el logro de unos fines en detrimento de otros, pero jamás cualquier fin puede justificar los medios empleados para alcanzarlo, y la mentira es el medio más ruin del que pueden valerse quienes nos gobiernen o quienes pretendan hacerlo. Aceptar que los políticos tienen derecho a engañarnos deliberadamente es aceptar que somos unos necios manipulados, y yo me niego a eso. O se espía o no se espía, pero las dos cosas no pueden ocurrir a la vez, aunque se razonen los hechos desde todas las subjetividades posibles.

 Se repite a menudo el mismo modus operandi entre la clase política, de todos los partidos. El “difama, que algo queda” que aconsejaba aquel ministro de Hitler parece ser la consigna de algunos de nuestros políticos demócratas. No es de recibo. Creo que ha llegado el momento de que cuando se descubra que un político nos ha mentido a sabiendas ese sujeto sea inhabilitado de por vida para ocupar un cargo público.

Retornarán diputados y senadores a poner sus culos en los asientos del Parlamento. Traerán la piel bronceada y frase graciosa aprendida, y subirán al púlpito y la dirán. Unos aplaudirán con entusiasmo. Otros, abuchearán con estruendo. Muchos de los millones de desempleados que contemplen las imágenes por televisión creerán que quienes les representan se comportan como niños de guardería, mientras ellos no saben cómo pagar las deudas que les atenazan.

No creo que haya que estar de perpetuo velatorio en el Congreso ni en el Senado, a pesar de que la situación económica actual de este país sin nombre huela a difunto, pero no vendría mal intercambiar ideas en vez de insultos, dar explicaciones a fondo en lugar de hablar de buenos y malos, decir verdades que duela oír antes que mentiras propicias, usar las manos para tomar notas de lo que se dice y se desdice mejor que para aplaudir como si se estuviera en el circo. Carcajadas y alharacas, las justas, que han de saber que ya no están en la guardería. 

23 de agosto de 2009

Dos putas en una esquina

Rafael Martín Masot


Creo que sucedió en el año 2002. No lo aseguraría, la memoria traiciona a los malos momentos intrascendentes.

Escribí un poema en el que mencionaba a dos putas pasando frío. No era más que un verso entre muchas palabras, pero no pudo quedarse.

 Me pregunto dónde se enseña la vida. Una mañana, de esas a las que la memoria años más tarde no sabe si traerla o dejarla en el olvido, aparece ante nuestros párvulos ojos una tiza que hace letras desconocidas, y cuando la pizarra ha visto escritas en ella durante años un sinfín de letras, que contaron de muchos mundos, me pregunto dónde se enseña la vida.

Napoleón Bonaparte fue un general que ponía a menudo su mano en el vientre porque padecía de úlcera, según me dijeron. La raíz cuadrada de 144 es... bueno, ese día no fui a clase. Es posible que mi memoria hubiese desterrado a Napoleón si un buen galeno le hubiera dicho que las conquistas, excluidas las de cama, no van nada bien para el aparato digestivo. La raíz cuadrada de 144 es menos que 144, creo, lo confirmaré cuando le ponga pilas nuevas a la calculadora.

Cuando llega la edad en la que sabemos que una puta es puta no sabemos nada de ella. Sólo, que es puta. Cuando nuestros ojos ven la mujer maltratada que no estaba escrita en la pizarra de cuando éramos muy niños tenemos en la mano un cuchillo ensangrentado, y un espejo sin respuestas que no quiere contemplarnos.

Esta prisión tiene barrotes que no dejan pasar el aire, un patio cuadrado para caminar en círculo, una puerta de entrada que desde el ventanuco de mi celda siempre está cerrada... una psicóloga que hace preguntas de cosas que nadie nos enseñó en una pizarra.

Señora, mis padres no tienen culpa, estaban comprando en el Carrefour.

 29 de marzo de 2009


Desde la azotea, en los días claros  

                             

Rafael Martín Masot

 

Tu compañera de trabajo está mucho más buena que tu mujer, reconócelo. Y tu vecina, también. Amigo mío, estás jodido. Perdiste la sonrisa la mañana en la que firmaste una hipoteca a pagar en treinta años. Semisótano, ciento veintidós metros cuadrados en tres plantas y un patio trasero en el que caben siete macetas, una barbacoa desmontable, una mesa de tablero flexible, cuatro sillas, un perro que coma poco y no se estire para ladrar y la suegra sin la hamaca. Una casa adosada a quinientos metros de ninguna parte, pero, eso sí, conforme aseguraba en letras gruesas el folleto de la promotora, con vistas a Sierra Nevada. Tu cuñado, el listo de la familia (cada familia tiene un listo, un primo que llega de visita sin que nadie le invite y un tocacojones que agua la Nochebuena, y si no, ni es familia, ni arrejuntamiento de parientes, ni nada de nada, aunque una ley disponga lo contrario), no lo acaba de tener claro, pero tú le insistes: sí, hombre, aquello es la Sierra, empínate un poco más y mira desde aquí... bueno, ahora no se ve demasiado bien, pero cuando hace buen tiempo y no hay ropa tendida en la terraza de esa casa las vistas son impresionantes. Él asiente sin convencimiento unos momentos antes de que te estalle la yugular de tanto estirar el pescuezo en busca de un puñado de nieve en la lejanía. Y la sonrisa socarrona de su mujer, que es la hermana de la tuya y que también está bastante más buena que tu mujer, te apuntilla como a un toro agonizante en el albero. No, lo cierto es que la mirada guasona de tu cuñada hace ya muchos años que no te remata como a un toro bravo, sino con la falta de expectación y la indiferencia con las que se electrocuta en el matadero a un cabestro cabizbajo.

 

Algunas noches te preguntas, a solas y muy en silencio -como con temor a que tu esposa descubra tus pensamientos infieles-, dónde estará la joven de la que te enamoraste en el instituto. La recuerdas con los dieciocho años que tenía la última vez que la viste y, obviamente, también está en tu memoria mucho más buena que tu mujer. No le des más vueltas a la cabeza: la rubia de culo respingón, labios sensuales y tetas de mirar de frente incluso cuando caminaban huérfanas de sostén, aquella que te hacía comportarte como un simple y temblar por dentro con su presencia y acalorarte a escondidas y con los ojos cerrados y la mano entrecerrada y entreabierta en su ausencia, te recuerda a menudo. Te recuerda con la misma frecuencia con la que su marido sube y baja apagado las escaleras de una casa hipotecada con invisibles vistas a Sierra Nevada y sale a las calles alimentando de reojo las pupilas con las nalgas de esposas ajenas. Sí, ella también se casó con un estúpido al que le robaron la sonrisa y los sueños en una sucursal bancaria, y a quien también le dieron a cambio dos contundentes apretones de manos, un bolígrafo con la tinta seca, un puñado de caramelos de colores diferentes e igual sabor y trescientos sesenta meses de plazo para imaginar todo lo que pudo suceder si no hubiese decidido que había llegado la hora de sentar la cabeza.

25 de febrero de 2009


 El reino de los tontos de Granada

Rafael Martín Masot




Empezamos mal, si eres tú quien comienza a leer estos pocos renglones. Ni crisis, ni desayunos apresurados, ni nada de nada, ¿verdad?, que para eso aprobaste las oposiciones. “Funcionario” –te aconsejó tu padre-, y a ti, que no aceptabas por aquel entonces consejos de nadie, porque eran momentos de contrariar y pensar con la entrepierna, poco y aprisa, te llegó la vocación de repente. Te llegó la vocación cuando descubriste un trabajo del que no te echaría ni Dios.



Bueno, hoy te lo permitiré, te dejaré que leas este artículo aunque no formes parte del Reino de los tontos de Granada. Te lo tienes ganado, tienes derecho a que se acumulen los expedientes ante tus ojos mientras tus ojos están clavados en las nalgas de la compañera de trabajo. Fueron tiempos duros de estar días y noches frente a montones de folios, ojeroso, demacrado y sin tiempo para enfriar las calenturas de la edad, en tanto que el más idiota de tu clase ya ganaba setenta mil pesetas al mes y ponía panza hacia donde fuera posible a la rubia que te gustaba en su recién estrenado SEAT 127 de segunda mano.



“Será grande la habitación, ¿no?” La pregunta en tono de exigencia desenmascarada le ha delatado a la primera. No ha sido necesario prestar atención al atípico acento andaluz del rechoncho cliente para que el recepcionista del hotel sepa de su procedencia, a pesar de que jamás estuvo en Granada. Un saludo previo o una sonrisa le habrían despistado en un primer momento, al menos hasta que llegase la hora del almuerzo y el huésped se fuese a comer fuera, con la excusa de que le habían aconsejado un magnífico restaurante. Sí, el granadino de la mala follá se come un bocata de calamares en cualquier cuchitril si hace falta, pero se excusa con fanfarronería y fanfarronea con voz alta, muchos gestos y poco razonamiento. “La Alhambra es preciosa” -asegura orgulloso a poco que alguien de otro lugar le abra algo de conversación. Pero no se crean ustedes, su afirmación no es fruto del conocimiento (sólo ha visitado en dos ocasiones la ciudad palatina andalusí; una, de excursión con el colegio; la otra, para impresionar a unos primos que vinieron de luna de miel desde Fuenlabrada). No sabe que La Alhambra y el Palacio de Carlos V no son una misma cosa, pero habla de ella como si la hubiese construido su abuelo. “Es preciosa –insiste-, tiene alrededor unos jardines preciosos y está en lo alto, ¡todo precioso!” La suerte del interlocutor eventual es, en ese momento, tener unos conocimientos sobre los monumentos de nuestra ciudad superior a los nuestros y, sobretodo, que La Alhambra existiera antes de que se instaurase el Reino de los tontos de Granada.



No nos engañemos, la Conquista, Reconquista o Invasión de los cristianos (que yo en definiciones políticas no entro, a no ser que se me pague por ello o me den Alto Cargo para que yo mismo busque ganancias) del Reino de Granada la llevaron a cabo las tropas más torpes e indecisas de cuantas han batallado en cualquier contienda. Los más espabilados, los más intrépidos y los de menor pereza fueron a la Conquista-Reconquista-Invasión de la Península a las primeras de cambio y asentaron, en la mayoría de los casos, sus vidas y posaderas en tierras de más al Norte. Se hizo difícil para los Reyes Católicos entrar en Granada, pues, a parte de los pendencieros –que estos no paran en ninguna parte-, traían por soldados a un ejército de lerdos. Cristóbal Colón fue uno de los primeros en darse cuenta de lo puñetero de la situación, y de ahí que decidiera hacer sus Capitulaciones con los monarcas en Santa Fe. Miró de uno a otro extremo de los campamentos cristianos y no lo dudó: “O capitulo aquí, aunque la precipitación me lleve a América y no a Las Indias, o corro el riesgo de que las tierras a las que me encamino estén llenas de McDonald’s cuando llegue, si espero a que estos torpes aprendan a gobernar Granada”.



Una vez huidos los pobladores de La Alhambra, más que nada porque eran gente limpia y no estaban acostumbrados a pestilencias tan inaguantables como las que desprendía la Reina Católica (hay quienes afirman que se ponía detrás de sus tropas y no quedaba nadie en su sano juicio y olfato que no saliera a correr hacia dónde fuera, incluso a la batalla, como alma que persigue el diablo), se asentaron aquí nuestros antepasados, surgiendo entonces el Reino de los tontos de Granada. Sus descendientes, también antepasados nuestros, adoptaron hace años una decisión casi unánime y, por no agotar las neuronas, dejaron para los comienzos del siglo XXI la toma de la siguiente decisión compleja. Decidieron, a fin de poder sentirnos orgullosos de algo que no hubiésemos devastado o de alguien de Granada a quien no hubiésemos matado, que nosotros éramos descendientes de quienes construyeron La Alhambra, haciendo olvido de que perseguimos y arrinconamos durante siglos a los hijos que quedaron de quienes levantaron el monumento piedra a piedra; y de esta manera los miembros del Reino de los tontos de Granada podríamos presumir de haber construido lo que nunca construimos. Situación esta tan sin sentido como que los líderes de los países sudamericanos reprochen año tras año a los habitantes de este país sin nombre el exterminio de indígenas que se llevó a cabo con motivo de la Conquista, Descubrimiento o Invasión de América (que yo en discusiones históricas no entro, a no ser que se me reconozca que fui el primero en conquistar, descubrir e invadir el punto G de la joven esposa de un funcionario que tenía la mala costumbre de no leer). Hasta donde llegan mis entendederas puedo afirmar que el abuelo del bisabuelo de mi tatarabuelo no salió jamás del pueblo donde se estableció tras su llegada al antiguo Reino de Granada. No salió más que nada por temor a darse de narices, nunca mejor dicho, de nuevo con la Reina Católica y que sus pies tuvieran que emprender nueva carrera. Sin embargo, es más que posible que ascendientes de la mayoría de esos líderes latinoamericanos mataran indios con más facilidad con la que los que aquí se quedaron araban terruños. Si es así, si mi condición de miembro del Reino de los tontos de Granada no me engaña, sería más lógico que esos mandatarios con rostros pálidos, llegado el momento de recordar el genocidio de aztecas, mayas o incas, en vez de vociferar contra los ciudadanos de este país sin nombre, lo hicieran contra sus propios antepasados.



Llegado el siglo XXI, y dado que algunos no tenían demasiado claro que hubiésemos construido algo de tal valía como para ser admirado, incluso copiado por el resto del Mundo, llegado el momento de tomar la segunda decisión trascendental, a alguien se le ocurrió llenar el lugar de rotondas, o glorietas, que no está nada claro, si consultamos el diccionario de la R.A.E., cómo se llaman esos círculos en los que cada pocos metros damos vueltas con los coches. Qué no les engañen. No vienen tantos turistas a Granada como se dice. Llegó hace dos años un grupo de sesenta japoneses, y cada vez que intentan huir de nosotros van a parar a una rotonda y regresan de nuevo. Y todos aquellos que ustedes ven subir a diario por las cuestas que llevan a La Alhambra no van hacia a ella, sino en busca del cementerio, que está poco más arriba, porque incluso a los japoneses les entran ganas de morir cuando escuchan setecientas veces eso de “pues gire usted a la derecha, y luego a la izquierda y luego de frente, todo de frente”. En Granada hay tantas rotondas que uno no puede ir todo de frente ni para mear, y los japoneses ya no aguantan más. Se nos han quedado de un amarillo rojizo porque son gente civilizada y no vacían la vejiga en el primer callejón con poca luz que se encuentren en su penoso deambular. Lamento comunicárselo: jamás llegarán al cementerio, una rotonda del Reino de los tontos de Granada se lo impedirá.

                                                                                                                                           

                                                                                                                                            6 de enero de 2009