El reino de los tontos de Granada
Rafael Martín Masot

Empezamos mal, si eres tú quien comienza a leer estos pocos renglones. Ni crisis, ni desayunos apresurados, ni nada de nada, ¿verdad?, que para eso aprobaste las oposiciones. “Funcionario” –te aconsejó tu padre-, y a ti, que no aceptabas por aquel entonces consejos de nadie, porque eran momentos de contrariar y pensar con la entrepierna, poco y aprisa, te llegó la vocación de repente. Te llegó la vocación cuando descubriste un trabajo del que no te echaría ni Dios.
Bueno, hoy te lo permitiré, te dejaré que leas este artículo aunque no formes parte del Reino de los tontos de Granada. Te lo tienes ganado, tienes derecho a que se acumulen los expedientes ante tus ojos mientras tus ojos están clavados en las nalgas de la compañera de trabajo. Fueron tiempos duros de estar días y noches frente a montones de folios, ojeroso, demacrado y sin tiempo para enfriar las calenturas de la edad, en tanto que el más idiota de tu clase ya ganaba setenta mil pesetas al mes y ponía panza hacia donde fuera posible a la rubia que te gustaba en su recién estrenado SEAT 127 de segunda mano.
“Será grande la habitación, ¿no?” La pregunta en tono de exigencia desenmascarada le ha delatado a la primera. No ha sido necesario prestar atención al atípico acento andaluz del rechoncho cliente para que el recepcionista del hotel sepa de su procedencia, a pesar de que jamás estuvo en Granada. Un saludo previo o una sonrisa le habrían despistado en un primer momento, al menos hasta que llegase la hora del almuerzo y el huésped se fuese a comer fuera, con la excusa de que le habían aconsejado un magnífico restaurante. Sí, el granadino de la mala follá se come un bocata de calamares en cualquier cuchitril si hace falta, pero se excusa con fanfarronería y fanfarronea con voz alta, muchos gestos y poco razonamiento. “La Alhambra es preciosa” -asegura orgulloso a poco que alguien de otro lugar le abra algo de conversación. Pero no se crean ustedes, su afirmación no es fruto del conocimiento (sólo ha visitado en dos ocasiones la ciudad palatina andalusí; una, de excursión con el colegio; la otra, para impresionar a unos primos que vinieron de luna de miel desde Fuenlabrada). No sabe que La Alhambra y el Palacio de Carlos V no son una misma cosa, pero habla de ella como si la hubiese construido su abuelo. “Es preciosa –insiste-, tiene alrededor unos jardines preciosos y está en lo alto, ¡todo precioso!” La suerte del interlocutor eventual es, en ese momento, tener unos conocimientos sobre los monumentos de nuestra ciudad superior a los nuestros y, sobretodo, que La Alhambra existiera antes de que se instaurase el Reino de los tontos de Granada.
No nos engañemos, la Conquista, Reconquista o Invasión de los cristianos (que yo en definiciones políticas no entro, a no ser que se me pague por ello o me den Alto Cargo para que yo mismo busque ganancias) del Reino de Granada la llevaron a cabo las tropas más torpes e indecisas de cuantas han batallado en cualquier contienda. Los más espabilados, los más intrépidos y los de menor pereza fueron a la Conquista-Reconquista-Invasión de la Península a las primeras de cambio y asentaron, en la mayoría de los casos, sus vidas y posaderas en tierras de más al Norte. Se hizo difícil para los Reyes Católicos entrar en Granada, pues, a parte de los pendencieros –que estos no paran en ninguna parte-, traían por soldados a un ejército de lerdos. Cristóbal Colón fue uno de los primeros en darse cuenta de lo puñetero de la situación, y de ahí que decidiera hacer sus Capitulaciones con los monarcas en Santa Fe. Miró de uno a otro extremo de los campamentos cristianos y no lo dudó: “O capitulo aquí, aunque la precipitación me lleve a América y no a Las Indias, o corro el riesgo de que las tierras a las que me encamino estén llenas de McDonald’s cuando llegue, si espero a que estos torpes aprendan a gobernar Granada”.
Una vez huidos los pobladores de La Alhambra, más que nada porque eran gente limpia y no estaban acostumbrados a pestilencias tan inaguantables como las que desprendía la Reina Católica (hay quienes afirman que se ponía detrás de sus tropas y no quedaba nadie en su sano juicio y olfato que no saliera a correr hacia dónde fuera, incluso a la batalla, como alma que persigue el diablo), se asentaron aquí nuestros antepasados, surgiendo entonces el Reino de los tontos de Granada. Sus descendientes, también antepasados nuestros, adoptaron hace años una decisión casi unánime y, por no agotar las neuronas, dejaron para los comienzos del siglo XXI la toma de la siguiente decisión compleja. Decidieron, a fin de poder sentirnos orgullosos de algo que no hubiésemos devastado o de alguien de Granada a quien no hubiésemos matado, que nosotros éramos descendientes de quienes construyeron La Alhambra, haciendo olvido de que perseguimos y arrinconamos durante siglos a los hijos que quedaron de quienes levantaron el monumento piedra a piedra; y de esta manera los miembros del Reino de los tontos de Granada podríamos presumir de haber construido lo que nunca construimos. Situación esta tan sin sentido como que los líderes de los países sudamericanos reprochen año tras año a los habitantes de este país sin nombre el exterminio de indígenas que se llevó a cabo con motivo de la Conquista, Descubrimiento o Invasión de América (que yo en discusiones históricas no entro, a no ser que se me reconozca que fui el primero en conquistar, descubrir e invadir el punto G de la joven esposa de un funcionario que tenía la mala costumbre de no leer). Hasta donde llegan mis entendederas puedo afirmar que el abuelo del bisabuelo de mi tatarabuelo no salió jamás del pueblo donde se estableció tras su llegada al antiguo Reino de Granada. No salió más que nada por temor a darse de narices, nunca mejor dicho, de nuevo con la Reina Católica y que sus pies tuvieran que emprender nueva carrera. Sin embargo, es más que posible que ascendientes de la mayoría de esos líderes latinoamericanos mataran indios con más facilidad con la que los que aquí se quedaron araban terruños. Si es así, si mi condición de miembro del Reino de los tontos de Granada no me engaña, sería más lógico que esos mandatarios con rostros pálidos, llegado el momento de recordar el genocidio de aztecas, mayas o incas, en vez de vociferar contra los ciudadanos de este país sin nombre, lo hicieran contra sus propios antepasados.
Llegado el siglo XXI, y dado que algunos no tenían demasiado claro que hubiésemos construido algo de tal valía como para ser admirado, incluso copiado por el resto del Mundo, llegado el momento de tomar la segunda decisión trascendental, a alguien se le ocurrió llenar el lugar de rotondas, o glorietas, que no está nada claro, si consultamos el diccionario de la R.A.E., cómo se llaman esos círculos en los que cada pocos metros damos vueltas con los coches. Qué no les engañen. No vienen tantos turistas a Granada como se dice. Llegó hace dos años un grupo de sesenta japoneses, y cada vez que intentan huir de nosotros van a parar a una rotonda y regresan de nuevo. Y todos aquellos que ustedes ven subir a diario por las cuestas que llevan a La Alhambra no van hacia a ella, sino en busca del cementerio, que está poco más arriba, porque incluso a los japoneses les entran ganas de morir cuando escuchan setecientas veces eso de “pues gire usted a la derecha, y luego a la izquierda y luego de frente, todo de frente”. En Granada hay tantas rotondas que uno no puede ir todo de frente ni para mear, y los japoneses ya no aguantan más. Se nos han quedado de un amarillo rojizo porque son gente civilizada y no vacían la vejiga en el primer callejón con poca luz que se encuentren en su penoso deambular. Lamento comunicárselo: jamás llegarán al cementerio, una rotonda del Reino de los tontos de Granada se lo impedirá.
6 de enero de 2009