
Quiero creer que no soy un juguete roto con el corazón de madera. Salté sobre pequeños charcos de agua y a cada salto cientos de virutas magullaban mi rostro. Sólo eran lágrimas de plástico, pero yo no lo sabía. Dolían tan profundo, golpeaban con tanta brusquedad mis sentimientos y desteñían tan aprisa mi sonrisa que yo no podía saberlo, aunque estaba escrito que llegaría el día en el que alguien ocuparía mi lugar prestado sobre una estantería resbaladiza. Quiero creer que mis pies caminaban sin necesidad de que alguien los moviese como a una marioneta. Conocí gentes que eran dueñas del destino de soldaditos de plomo, los había en abundancia y muchos de ellos estaban siempre dispuestos a sonreír babeantes. Los monigotes participaban en la batalla según antojo o estrategia de la mano que les ponía en uno u otro lugar. La mayoría no entendían de guerras, no aprendieron nunca a prever la hora en la que la mano decidiría quiénes caerían cuando los vientos soplaran desde otros mares, no los oían llegar porque la mano los traía y llevada de repente, a su antojo: la mano también era dueña de los vientos.